La celebración de Nochevieja normalmente se ha relacionado con dos
hechos: el primero procede durante el reinado de Alfonso XIII en un año de
máxima cosecha de uvas en Alicante, a la que se dio salida de este modo y la segunda, según cuentas las crónicas, proviene
concretamente de 1882, y se debe a una broma que los madrileños gastaban a los
recién llegados a la capital. Se les hacía creer que los Reyes Magos, conforme
visitaban los hogares madrileños, iban dejando dinero en los balcones. Los
visitantes que picaban con esta inocentada iban escalera en mano subiendo a las
casas para recoger las monedas.
Durante la fiesta de Nochebuena, los vecinos
de Madrid recorrían las calles con velas encendidos y arrastrando latas por el suelo,
produciendo un escándalo insoportable. Tal era el bullicio formado en las
calles de la capital, fundamentalmente en la Puerta del Sol, que el alcalde de
Madrid, José Abascal quiso
abolir esta costumbre mediante la imposición de una tasa de cinco pesetas para todos aquellos que quisieran participar
en la celebración. Con esta medida la fiesta dejó de hacerse, al menos en el
centro de la capital.
Pero los madrileños querían seguir
celebrando las fiestas navideñas en la calle. Así que comenzaron a reunirse en el día de Nochevieja en la misma Puerta del Sol a
celebrar la entrada del nuevo año con la voluntad de armar el mayor bullicio
posible. Con el ánimo festivo y burlón, y como forma de ridiculizar a la clase política que les impedía
celebrar la fiesta a su modo, empezaron a tomar las uvas al ritmo de las
campanadas del Ministerio de la Gobernación, satirizando la aristocrática
costumbre recién importada de Francia de tomar uvas y champán durante la
Nochevieja.
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