Los obeliscos han generado a lo largo de los
siglos dudas sobre su significado. Los hay de muchos tamaños siendo el mayor el
erigido por el faraón Tutmosos III, que alcanza una altura de un edificio
actual de doce plantas.
Los egipcios los llamaban ben-ben, sobre la raíz
que significa “alzarse brillando”, lo que parece aludir al culto solar de Ra.
El primer obelisco que se conoce es el que se realizó en época de Pepi I,
que se levantó hace unos 4.500 años en Heliópolis, la ciudad del sol, capital
religiosa del Imperio Antiguo. Esta relación con el sol condujo a una
interpretación de los obeliscos, ahora desechada, según la cual habían
representado la petrificación de los rayos solares bajando al mundo terrenal.
Por el contrario, hoy se piensa más bien que
estos monumentos estuvieron relacionados originalmente con el culto a las
piedras alzadas, que en otras partes del mundo, por ejemplo en
Europa durante la edad del hierro, se materializó en forma de menhires.
Una de las cosas más curiosas sobre esta
relación es que el lugar con mayor densidad de menhires se encuentra en Carnac,
Francia, mientras que el de mayor densidad de obeliscos se halla en Karnak,
Egipto. La coincidencia entre ambos topónimosresulta
profundamente llamativa.